El reciente triunfo electoral de Vladimir Putin marca otro capítulo en su prolongado dominio sobre la política rusa, un dominio que plantea serias preguntas sobre el futuro de la democracia en Rusia y su impacto en la estabilidad global.

Putin, aseguró su victoria hace cuatro años en lo que muchos creían sería su último mandato, dado el límite constitucional a la reelección. No obstante, durante la pandemia llevó a cabo reformas constitucionales que no solo extendieron el mandato presidencial de cuatro a seis años, sino que le permitieron organizar un referéndum para anular sus periodos anteriores como Presidente y así tener la oportunidad de reelegirse, abriendo la puerta a permanecer en el poder hasta 2036.

Desde su ascenso en 1999, Putin le ha dado la vuelta a las leyes y a la Constitución manteniéndose en el poder a través de una danza de reelecciones no consecutivas, con Dmitri Medvedev como su marioneta. Medvedev, el eterno segundo, ocupó la presidencia permitiendo a Putin gobernar desde la sombra como Primer Ministro. Este juego, repetido en 2012 y 2018, ha sido el sello de la era Putin.

En 2020, la caída de popularidad de Medvedev arrastró consigo la de Putin, culminando en la salida de Medvedev del escenario principal y planteando dudas sobre la continuidad de esta dinámica para las elecciones de 2024. Sin su aliado clave y enfrentando oposición creciente, turbulencias económicas y la sombra de la guerra con Ucrania, Putin se encontró sin su marioneta de confianza, obligándolo a cambiar de estrategia que culminó en el remedo de referéndum en 2021.

Putin ganó las elecciones del pasado fin de semana con más del 87% de los votos. Para Putin, mantener la fachada electoral, el espectáculo de la aclamación pública, es crucial para su legitimidad. En el meticulosamente construido escenario político de Putin, las demostraciones de apoyo no solo fortalecen su mano, sino que también sirven para validar sus acciones, asegurando que el espectáculo de la democracia continúe bajo su inconfundible dirección.

Durante un cuarto de siglo, Putin ha tejido una narrativa de legitimidad que, pese a ser cuestionada, le ha servido para justificar su permanencia en el poder y la estabilidad política de Rusia, aun cuando dicha legitimidad se base en la eliminación de cualquier oposición real.

Esta búsqueda de apoyo popular, esencial para avanzar en su agenda contra Ucrania, se vio reflejada en el aumento de su porcentaje de votos en las últimas elecciones, alcanzando un 87%, cifra que supera ampliamente los resultados de 2012 y 2018, donde ganó con el 64% y el 77% respectivamente.

Este respaldo le sirve no solo para justificar sus acciones en el ámbito internacional, sino también para preparar el terreno ante un posible escalamiento del conflicto con Ucrania. Si ya semanas antes de la guerra Putin advertía la posibilidad de usar armas nucleares en caso de una intervención directa de la OTAN, el domingo llevó el tema a la posibilidad de que esto pudiera convertirse en una “tercera guerra mundial”.

Este contexto de supuesta legitimidad se convierte en un elemento crucial mientras Estados Unidos y la Unión Europea enfrentan sus propias crisis internas, permitiendo a Putin fortalecer su posición doméstica y continuar con su política beligerante. En este juego de poder y percepciones, la "legitimidad" adquiere un nuevo significado, sirviendo como herramienta tanto para consolidar el control interno como para desafiar el orden global establecido, en un momento en que las fisuras en la unidad occidental podrían ofrecer a Putin nuevas oportunidades para avanzar en sus objetivos geopolíticos.

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