San José.— Por aplicar, a veces sí y a veces no, el principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados y atarlo a la conveniencia de sus intereses ideológicos izquierdistas, el presidente de México, restó credibilidad a la política exterior mexicana.

Tras asumir en diciembre de 2018, López Obrador sujetó la política externa de México a sus preferencias ideológicas y, amparado en ser fiel a la no intervención, enmudeció ante las violaciones a los derechos humanos, la libertad y la democracia cometidas por sus socios gobernantes en Cuba, Venezuela y Nicaragua. Evidenció un factor en común: son gobernados por regímenes izquierdistas amigos de López Obrador.

El presidente jamás dudó para saltarse la no intervención y atacar a gobiernos de derecha o de centroderecha. Aunque fue designada presidenta por el Congreso y bajo el rigor legal de la sucesión, la peruana Dina Boluarte fue desconocida por López Obrador como legítima jefa de Estado. El 3 de este mes, López Obrador cuestionó los comicios que en 2023 llevaron al derechista a la presidencia de Ecuador. López Obrador repitió su receta con Argentina. Cuando el pueblo argentino eligió en las urnas en 2023 al ultraderechista Javier Milei como su presidente, López Obrador se brincó la no injerencia y lo tildó de “facho conservador”.

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