Da pena ver al presidente López Obrador y compararlo con el candidato. Prometió y no cumplió. “Meter los soldados a los cuarteles”, “justicia transicional”, “pacificar al país”, “reducir por lo menos a la mitad los homicidios”. La cuarta transformación era precisamente “transformar” la guerra en política, siguiendo a Carl Von Clausewitz. Tanta mohína con Felipe Calderón para acabar el sexenio con 50% más de homicidios que aquel. En ese renglón el peor gobierno, no sólo no sustituyó la guerra, sino desde la política atizó la hoguera del crimen.

La raya que debía separar con nitidez ley y delito se desdibujó con palabras presidenciales convertidas en pretextos, insultos y calumnias. Los asesinatos de Celaya y Taxco son dos caras del mismo odio, de un gobierno indolente, ausente y en muchas regiones del país, cómplice. En los asesinatos de una mujer que buscaba gobernar su pueblo y de una niña de ocho años, por supuesto que tiene una responsabilidad política el gobierno de México, por el hecho innegable de que el mandatario simplemente borró, desapareció con voluntarismo particular, a todos los actores y poderes intermedios de la nación para rehacer el hiperpresidencialismo.

López Obrador construyó una relación directísima entre él y los ciudadanos. Las conferencias de prensa mañaneras (“diálogo circular” jajaja) son imagen de ese dizque vínculo popular; los “apoyos” son directos a los beneficiarios “sin intermediarios”; el trabajo político es en “territorio no en el escritorio”; el presidente viaja sin cesar, primero en un Tsuru, luego en Suburban, después en avión comercial y ahora en vuelo privado-militar. Omnipresencia que no es omnipotencia.

Juan Jacobo Rousseau en su “Contrato social” habló de un pacto, y de un “vínculo social” como garantía de convivencia pacífica, como elemento soberano para vivir en comunidad; pues bien, Andrés Manuel, hizo en su gobierno su propia atadura y ligadura directa (franca y abierta según él) con el pueblo, y eso tiene consecuencias en la demanda de paz y tranquilidad que los ciudadanos le exigen al presidente.

Hizo a un lado a todos los gobernadores, alcaldes, diputados federales, senadores, no se diga órganos constitucionalmente autónomos, aplastó a varios empresarios concesionarios o rentistas del gobierno, prostituyó al ejército con millones de pesos de adjudicaciones directas, silenció a muchos periodistas, maniató sindicatos y pretendió agachar a los jueces federales. Por eso el presidente que dijo “hacer todo”, debe responder políticamente “por todo”, incluso la muerte de la niña Camila en Taxco y de la candidata Gisela Gaytán en Celaya.

Tiene todos los medios de comunicación pública a su servicio, todos los servidores de la nación pregonando el credo obradorista, todo el presupuesto nacional manejado a su antojo, toda la deuda pública a su disposición, toda la fuerza federal. ¿Por qué rehúye o rehúsa rendir de cuentas de esas muertes? Quería relación directa con los ciudadanos, pues también es suya la relación directa con las sepulturas.

Diego Sinhue gobierna, pero no manda en Guanajuato, acusó el presidente y escupió al cielo. ¿Quién manda y quién gobierna en México? Buena pregunta. ¿Gobierna la vergüenza llamada Cuauhtémoc Blanco, Morelos? ¿Gobierna Veracruz Cuitláhuac García que paseó en el zócalo un féretro de un ministro, para lambisconear al presidente? ¿Gobierna la pedantería de Layda Sansores? ¿En Sinaloa quién manda? Gobernar es acatar la ley, ¿mandar?, eso, cualquier matón con una pistola.

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